Porque únicamente aislados y solitarios podemos ser nosotros mismos.


La mejor ventaja de las ciudades es que puedes vivir aislado sin que no le importes a nadie. No hay mayor ventaja que vivir en un bloque de pisos en el que los vecinos no se hablan ni se saludan.

Es la mejor forma de pasar desapercibido.

Porque, puesto que el hombre es un lobo para el hombre, no hay mejor situación para una vida tranquila que la que te permita tener el mínimo contacto con el resto de humanos.

Está claro que el 100% de los problemas proceden de las relaciones con el resto de individuos. Eliminando la mayor parte de contacto con ellos, eliminamos la mayor parte de nuestros problemas.

Y es muy fácil conseguirlo en una ciudad, sólo se necesita encontrar un piso en un bloque de pisos en el que no importes a los demás, porque todos están demasiado ocupados consigo mismos.

Normalmente los barrios obreros de las ciudades son ideales para estos casos.

El hándicap es que para ello se necesita un flujo de dinero constante. Pero si uno se lo monta bien y crea un sistema de ingresos pasivos con la mínima interacción humana, es totalmente posible.

El dinero te permite crear una barrera en la que la interacción con el resto de individuos es mínima.

Por ejemplo, otra ventaja de las ciudades son sus supermercados impersonales en el que nadie te pregunta qué es lo que quieres, y con un “hola” sin emoción a la cajera ya es suficiente. Y puedes pagar el resto de servicios a través de cajeros automáticos y fríos.

Y así podemos encontrar la auténtica felicidad, que es vivir de acuerdo a nuestra voluntad sin que nadie nos moleste con sus objecciones.

Por supuesto, es importante no tener teléfono ni internet, o, si se tiene, no responder a las llamadas ni abrirse cuentas en las redes sociales. En este sentido, la discreción es fundamental.

Porque únicamente aislados y solitarios podemos ser nosotros mismos, y de esta forma también ayudamos al resto no molestándoles, para que también puedan estar aislados y solitarios y que puedan ser ellos mismos. No hay un nivel de altruismo más alto que éste.

Y así, hasta el fin de nuestros días, cuando meses después de nuestra muerte se encuentre nuestro cadáver, con una sonrisa feliz en nuestro rostro, sólo porque el hedor de nuestra putrefacción molestó a algún vecino, en verdad, la única molestia que causaremos a otro.

Luego, como si quieren dar nuestros restos a los buitres. Nuestro ideal se habrá cumplido y completado, y, ya muertos, ni tan siquiera nos dará igual porque no lo sentiremos.

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Sobre

Sorprendido y curioso por la vida humana; admiro a los creadores, inventores, los que abren nuevos caminos e intento también poner mi granito de arena. Comencé Crónicas Subterráneas en 2007, y aquí sigo al pie del cañón gracias a sus lectores. Además, escribo libros, hago vídeos, dibujo, fotografío, diseño camisetas, y todo lo que se me ocurra de forma creativa.




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